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El centenario de la promulgación de la encíclica de mi predecesor León XIII, de venerada memoria, que comienza con las palabras Rerum novarum 1marca una fecha de relevante importancia en la historia reciente de la Iglesia y también en mi pontificado. A la validez de tal enseñanza se refieren ya dos encíclicas que he publicado en los años de mi pontificado: la Laborem exercens sobre el trabajo humano, y la Sollicitudo rei socialis sobre los problemas actuales del desarrollo de los hombres y de los pueblos 4. Quiero proponer ahora una «relectura» de la encíclica leoniana, invitando a «echar una mirada retrospectiva» a su propio texto, para descubrir nuevamente la riqueza de los principios fundamentales formulados en ella, en orden a la solución de la cuestión obrera. Invito, en fin, a «mirar al futuro», cuando ya se vislumbra el tercer milenio de la era cristiana, cargado de incógnitas, pero también de promesas. Mt 23, 8con miras a indicar el camino a proclamar la verdad y a comunicar la vida que es él mismo cf. Jn 14, 6. Consciente de su misión como sucesor de Pedro, León XIII se propuso hablar, y esta misma conciencia es la que anima hoy a su sucesor. Al igual que él y otros Pontífices anteriores y posteriores a él, me voy a inspirar en la imagen evangélica del «escriba que se ha hecho discípulo del Reino de los cielos», del cual dice el Señor que «es como el amo de casa que saca de su tesoro cosas nuevas y cosas viejas» Mt 13, Este tesoro es la gran corriente de la Tradición de la Iglesia, que contiene las «cosas viejas», recibidas y transmitidas desde siempre, y que permite descubrir las «cosas nuevas», en medio de las cuales transcurre la vida de la Iglesia y del mundo.

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La doctrina de Cristo une, en alcance, la tierra con el cielo, ya que considera al hombre completo, ánima y cuerpo, inteligencia y voluntad, y le ordena elevar su mente desde las condiciones transitorias de esta biografía terrena hasta las alturas de la vida eterna, donde un día ha de gozar de felicidad y de paz imperecederas. Por tanto, la santa Iglesia, aunque tiene como misión básico santificar las almas y hacerlas partícipes de los bienes sobrenaturales, se preocupa, sin embargo, de las necesidades que la vida diaria plantea a los hombres, no sólo de las que afectan a su decoroso sustento, estrella de las relativas a su interés y prosperidad, sin exceptuar bien alguien y a lo largo de las diferentes épocas. Al realizar esta apostolado, la Iglesia cumple el mandato de su fundador, Cristo, quien, si perfectamente atendió principalmente a la salvación eterna del hombre, cuando dijo en una ocasión : «Yo soy el acceso, la verdad y la vida» Jn 14,6 ; y en otra: «Yo soy la luz del mundo» Jn 8,12al contemplar la multitud hambrienta, exclamó conmovido: «Siento compasión de esta muchedumbre» Mc 8,2demostrando que se preocupaba todavía de las necesidades materiales de los pueblos. Con este pan dado como alimento del cuerpo, quiso significar de antemano aquel alimento celestial de las almas que había de entregar a los hombres en la víspera de su pasión. Pocas veces la habla de un Pontífice ha obtenido como entonces resonancia tan universal por el peso y alcance de su alegación y la fuerza expresiva de sus afirmaciones. No obstante el largo década transcurrido desde la publicación de la admirable encíclica Rerum novarumsu influencia se mantiene vigorosa aun en nuestros días. Situación económica y social

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